Clama la tempestad

 

10 de agosto del 2014

Centro de Cristianismo Práctico

Calma la Tempestad

 

“Y se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía.” (Mateo 8:24)

Jesús había pasado todo el día realizando un sin número de sanaciones: sanó a un leproso, al siervo del centurión, la suegra de Pedro y a muchos endemoniados y caía la noche.

Entonces Jesús las dijo a Sus discípulos: “–Pasemos al otro  lado” (Marcos 4:35), y así se hizo; Jesús y sus discípulos montados en una barca se dirigieron rumbo al lado oriental del Mar de Galilea.  Jesús estaba durmiendo cuando “se levantó  una gran tempestad de viento que echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba (hundía).” (Marcos 4:37)

 

Entonces los discípulos llenos de temor pensando que iban a morir ahogados  despertaron a Jesús y “entonces levantándose, reprendió a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma.” (Mateo 8:26)

Si bien es cierto que de tiempo en tiempo se desatan tempestades en el mar, no es menos cierto que en nuestras vidas también se desatan todo tipo de tempestades, especialmente en nuestras relaciones interpersonales.

Cuando fueron a arrestar a Jesús, Él mantuvo la calma; y cuando lo crucificaron, Él también se mantuvo en calma.

¿No nos enseñan estos acontecimientos en la vida de Jesús algo acerca de cómo debemos enfrentar las tempestades que se desatan en nuestras vidas?

 

Intuitivamente todos sabemos que ante una amenaza nos conviene mantener la calma; para poder pensar con claridad las acciones que debemos tomar y los pasos que debemos dar.

Sin embargo, a muchos se les agitan los ánimos de manera tal que pierden los estribos y cometen todo tipo de imprudencias. Los pensamientos pasan por la mente sin ningún tipo de control, el miedo los paraliza. El nivel de ansiedad sube, los latidos del corazón se aceleran, aumenta la presión sanguínea y de buenas a primera nos encontramos postrados en una cama o en la sala de emergencia de algún hospital.

Volviendo a la historia de la barca, cuando los discípulos temerosos le pidieron a Jesús que los salvara, “Él les dijo: – ¿Por qué teméis hombre de poca fe?”

 

Nota que Jesús utilizó la frase “… hombres de poca fe”; porque los grandes desafíos y las grandes tempestades que llegan a nuestras vidas siempre tienen la capacidad de asustarnos y llenarnos de miedo, y el miedo siempre es falta de fe.

Por esta razón lo mejor que podemos hacer por nosotros mismos es procurar vivir la vida sencilla, que no es otra cosa que vivir una vida centrada en Dios. Es dedicar tu vida a desarrollar la fe en Dios, porque para el que tiene fe, todo le es posible.

Los desafíos vendrán y las tempestades también; pero no te dejes impresionar por lo que ocurre allá afuera. Tienes la libertad de ir a tu propio centro en donde encontrarás quietud, silencio y paz. Y es solo permaneciendo en esa atmósfera que puedes encontrar el pode de Dios para decirle al desafío o a la tempestad: “–¡calla, enmudece!”(Marcos 4:39)

 

Háblale a los eventos que ocurren en tu vida con autoridad. Di las palabras: “calla, aquiétate, enmudece.”

Hay ciertas situaciones en la vida que nos causan mucha ansiedad y temor. Piensa por un momento cómo te sentirías si de repente el cañón de un revolver tocando tu sien, o sintiendo el filo de un cuchillo en tu garganta.

El fracaso en algún proyecto, o la pérdida de un ser querido, la falta de dinero para cumplir con tus obligaciones, o la misma muerte pueden ser tempestades devastadoras para muchas personas.

 

El sufrimiento, la depresión que estas condiciones pueden causarnos están a flor de piel. Y muchas veces tenemos que pasar por ese infierno para quemar y destruir esos estados de conciencia. Cada día tenemos que edificar más nuestra fe en Dios.

“Tened fe en Dios.” (Marcos 11:22) y no dudes en tu corazón; porque para Dios todo es posible.

 

Joan Manuel Serrat escribió una canción que dice que “se hace camino al andar”. Y ciertamente nuestra vida es así. El camino de nuestra vida lo vamos haciendo todos los días al levantarnos y comenzar con nuestros quehaceres cotidianos.

Y tarde o temprano tenemos que aprender a caminar por fe. Recuerdo que después de haber trabajado un par de años en mi profesión de ingeniero quise hacer la maestría en Administración de Empresas (MBA). Me inscribí en la Escuela Graduada de Administración de Empresas de la Universidad de Puerto Rico y comencé a tomar materias.

 

Asistía a la Universidad en las noches; y luego de haber cursado varios semestres tenía varias materias incompletas. Las cosas no marchaban bien y no me sentía a gusto. Entonces decidí solicitar en los Estados Unidos dispuesto a comenzar de nuevo, y a hacer un nuevo camino.

 

Fui aceptado en una Universidad y me fui a estudiar a tiempo completo. Pero había un pequeño detalle, y era que tenía el dinero justo para cubrir el 75% de los gastos del primer semestre y el programa tenía una duración de dos años, esto es, cuatro semestres de estudio.

 

Pero aun así, me fui y comencé a estudiar; hice lo que tenía que hacer. Solicité un préstamo, pero no tenía la garantía de que me lo fueran a dar. Viví día a día y me centré en lo que tenía que hacer, estudiar y entregar los trabajos y tareas a tiempo. No tuve ningún tipo de miedo y el tiempo seguía corriendo.

 

Continué centrado sin desviar mi atención de mis estudios. Justamente cuando mi dinero se estaba terminando recibí una llamada de la oficina de asistencia económica para informarme que el préstamo había sido aprobado y que pasara al día siguiente por la oficina para buscar el dinero.

 

No pasó una semana cuando recibí otra llamada del departamento de Administración de Empresas informándome que se me había otorgado una beca que cubriría el resto de mis estudios.

Tened fe en Dios. Ante la tempestad, ¡levántate! Habla la palabra y haz lo que tienes que hacer sin dudar porque para Dios no hay nada imposible.

 

Tú que estás ahí sentado escuchando este mensaje, sabes que en esta comunidad espiritual hemos hecho camino al andar. Hemos mantenido la fe y hoy estamos donde estamos gracias al poder de Dios.

¿Qué si ha habido tempestades en el trayecto? Claro que sí. Las hemos tenido y las tenemos. Pero tenemos que seguir adelante sin dudar con fe en Dios.

 

¿Hemos cumplido con nuestra misión y visión? ¿Hemos educado espiritualmente a nuestros congregantes? ¿Los hemos amado? ¿Hemos orado por cada uno de los que han depositado sus peticiones de oración en el cofre? ¿Hemos transformado y renovado vidas?

 

En mi humilde opinión hemos cumplido con todo eso y seguimos trabajando en esa dirección. Y puedo tener la seguridad de que Dios está consciente de que eso es así. Por esto es importante seguir adelante expandiendo estas enseñanzas a un número cada vez mayor de personas; porque no solo son necesarias sino que también enriquecen la vida de aquellos que las practican.

Ya es hora de que empieces a caminar con y por fe. Comienza a hacer camino al andar y ante el primer obstáculo haz como hizo David, lanza la piedra en el nombre de Jehová. Y declara que la batalla es de Jehová.

 

Cuando hayas decidido seguir a Dios en todos tus caminos y a hacer Su voluntad sabrás que el fracaso es imposible; que todas las cosas le van bien a los que aman a Dios.

Tienes que estar convencido de esta gran verdad, y tienes que apropiártela hasta que te llegue al tuétano de tus huesos.

Procura descubrir el propósito divino que te ha colocado en este planeta y cumple tu misión porque es lo mejor que puedes hacer por ti mismo. Comienza a moverte en la dirección de tus sueños.

 

Ora pero que tu oración sea afirmativa, ora con fe porque esa es la verdadera oración.

Afirma diariamente: Confío en el poder de Dios, rehúso estar ansioso por el mañana, sé que Dios provee el cumplimiento perfecto de Sus deseos de bienestar, salud y prosperidad para mi vida. No hay nada que temer.

Continúa orando y afirmando hasta que se convierta en un hábito mental.

 

No te olvides de usar cuando sea necesario el poder de la no-resistencia, recuerda cómo Jesús lo usó y venció todo tipo de adversidades.

 

Hay un poema escrito por Lao Tzu un antiguo contemporáneo de Confucio, aproximadamente 500 años antes de la era contemporánea que dice:

 

Los hombres nacen suaves y flexibles;

cuando mueren están rígidos y tiesos.

Las plantas nacen tiernas y dóciles,

al morir son frágiles y secas.

 

Así, quienquiera que es rígido e inflexible,

es un discípulo de la muerte.

Quien es suave y flexible,

es un discípulo de la vida.

 

Ante los vientos huracanados y tempestades de la vida sé como el bambú, que siendo flexible cede sin quebrarse. Pero mantén la fe para que ante la tempestad puedas hablar la palabra con autoridad y decir: ¡calla, enmudece!

 

Dios te bendice si sabiendo estas cosas las haces. ¡Amén!