Redescubre el poder del amor divino

 

8 de febrero del 2015

Centro de Cristianismo Práctico

Redescubre el poder del amor divino

 

“Si alguno dice: “«Yo amo a Dios», pero odia a su hermano es mentiroso, pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿Cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? (1Juan 4:20)  

 

Yo pienso que para redescubrir el poder del amor divino primero tenemos que entender qué es lo que estamos buscando y de qué estamos hablando realmente.  Cuando hablamos de redescubrir estamos hablando de sentir interés por algo que habíamos olvidado; algo que queremos exponer a la luz porque permanecía escondido por desconocimiento o ignorancia.

 

Es conocer algo acerca de nuestra propia naturaleza interior, algo que siempre ha estado en nosotros pero que hemos ignorado.

Y algo que siempre ha estado dentro de nosotros es el amor en todo su potencial espiritual. Todo el mundo sabe qué es el amor en mayor o menor grado; pues en nuestras vidas hemos amado, o tal vez hemos pensado que hemos amado cuando en realidad lo que hicimos fue querer a otra persona.

 

Ya hemos hablado del querer y el amar, y hoy yo quisiera dar a conocer un poco más las características del amor divino. El amor divino en la Mente de Dios; pues Dios es Mente, “es el poder que une y enlaza en armonía todo el universo y todo lo que hay en él; es el gran principio [unificador y] armonizador conocido por el ser humano.” (LPR p. 12)

 

En esta definición hay dos palabras claves; la primera es “une” y la segunda es “armonía”. El amor divino tiene el poder de unificar, sin importar la diversidad o las aparentes diferencias. Y en este proceso de unificar se aplica el bálsamo de la armonía. 

Pues es cierto que en nuestras vidas hemos acumulado mucho resentimiento y antagonismos con personas con las que hemos tenido diferencias en el pasado y que hemos pensado que nos han hecho mucho daño.

 

Estoy casi seguro que cada uno de los que aquí estamos reunidos podemos mencionar uno o dos nombres. Y aunque esto sea así no necesariamente tiene que continuar siendo así.  Todos hemos tenido diferencias y tal vez hayamos sido abusados verbal y corporalmente, pero de algún modo tenemos que sanar esas heridas que llevamos en el alma. Todos somos distintos, pero en esa diversidad hay una unidad porque en espíritu y en verdad, todos somos parte del Uno y ese Uno vive plenamente en cada uno de nosotros y por eso todos somos Uno. “El Padre y yo uno somos “ (Juan 10:30)

 

Y si toda la humanidad resonara repitiendo esas mismas palabras; “El Padre y yo uno somos” que es la verdad revelada por el Maestro Jesucristo, entonces todos estaríamos conscientes de nuestra unidad espiritual; de que todos somos Uno con el Uno que es en todos y en cada uno de nosotros.  Pero aunque podemos haber tenido diferencias con nuestros padres, familiares, amigos, compañeros de trabajo, tenemos que hacer un esfuerzo humano y aplicar el poder del amor divino que mora en cada uno de nosotros. Y esto se consigue comunicándonos y buscando lo que nos une y no lo que nos separa; buscando siempre un punto en común; un punto de referencia, donde todos podamos estar de acuerdo.

 

Y una manera práctica que predicamos para lograr expresar el amor divino es visualizar el Cristo morador en cada uno de nosotros. Cuando tú comienzas a practicar este principio seriamente, no solo en palabras sino en acciones, sabrás que viendo el Cristo morador de esa persona puedes ver lo bueno que hay en ella.  Pongámoslo de otra manera; si no has podido encontrar nada bueno en esa persona, piensa por un momento que en ella vive esa esencia espiritual que vive en ti y que de alguna manera todavía no se ha expresado plenamente.

 

Y ese es un punto en común que te une a esa persona. Y de Cristo a Cristo no hay separación siempre habrá unidad y armonía.

Ahora bien, si realmente estás interesado en tu progreso espiritual la pregunta que tienes que hacerte es la siguiente: ¿qué tengo que hacer en mi parte humana para darle paso a la expresión del amor divino?

 

La contestación rápida es atreverte. ¿Te atreves a dar el primer paso para sanar alguna relación?  ¿Puedes echar a un lado tu orgullo personal y acercarte a esa persona a sabiendas de que te puede rechazar?  ¿Tienes miedo a quedar mal parado o “perjudicado” por haber hecho ese acercamiento no solicitado por la otra parte? ¿Te atreves a tocar la puerta a sabiendas que cuando te la abran te la pueden volver a cerrar en la cara?

 

Señores, todos tenemos problemas en nuestras relaciones y retos que todavía no hemos podido resolver. Pero debemos y tenemos que comenzar a sanar y a armonizar nuestras relaciones si queremos beneficiarnos personalmente, mentalmente, emocionalmente y espiritualmente. 

 

Tenemos el poder de expresar el amor divino que vive y mora dentro de cada uno de nosotros. Y debemos empezar a practicar y a expresar de manera impersonal sin importar a quién o a qué; esto es sin hacer acepción de personas, a todos por igual.

 Entonces a ti que me estás escuchando te digo: ¡Atrévete y da el primer paso.” Y recuerda estas palabras” “En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor  echa fuera el temor…” (1Juan 4:18) ¿Por qué? En la misma Escritura encontramos la respuesta: porque “el que teme no ha sido perfeccionado en el amor.” (1Juan 4:18)

 

Entonces echa a un lado el temor y atrévete a expresar amor. Y como dice la canción: ama, ama, ama porque la clave es amar; ama, ama, ama porque miedo no tendrás, ama, ama, ama y en paz te sentirás.  Esto nos lleva a dar el próximo paso: procura estar en paz. Y la paz comienza cuando te armonizas contigo mismo. Hazte amigo de ti mismo y acéptate tal y como eres, deja de criticarte y de sentirte culpable por hechos y situaciones pasadas. Lo que pasó; pasó.  Si Dios, que es mayor que tú, y mayor que Su propio Universo, puede amarte y en efecto te ama tal y como eres, ¿quién eres tú para despreciarte?

 

Si sientes desprecio o te sientes culpable por algo que pasó en tu vida es tiempo ya que empieces a perdonarte. Pero ¿cuántas veces debes perdonarte? “Setenta veces siete.” (Mateo 18:22) Siempre debes estar en disposición de perdonarte, pero no lo hagas por costumbre o como una práctica rutinaria, hazlo por amor a ti mismo, y con la resolución de no volver a errar más. “Vete y no peques más.” (Juan 8:11)

 

Para mantenerte en paz debes tener periodos recurrentes de oración, meditación y silencio. Conviértete en un embajador de la paz a dondequiera que vayas, y esto lo consigues manteniéndote en tu centro espiritual. Hay paz en medio de la tormenta.

 Si te atreves, a amar y puedes estar en paz, el próximo paso es buscar el momento adecuado para hacer el acercamiento a esa persona con la cual necesitas reconciliarte.

 

Este es el momento para armonizar, para expresar tu sentir de una manera auténtica, sé tú mismo. Sé sincero contigo mismo y con los demás.  Jesús fue Jesús en todo momento, fue la Palabra viviente de Dios y Él mismo lo dijo: “Yo no he hablado por mi propia cuenta, el Padre, que me envió él me dio mandamiento de lo que he de decir y de lo que he de hablar.” (Juan 12:49)

Siempre dijo lo que Él era: “Yo soy el pan de vida” (Juan 6:35), Yo soy la luz del mundo” (Juan 8:12). Nunca pretendió ser lo que no era. Fue sincero consigo mismo y sincero con los demás.

 

Si puedes ser sincero contigo mismo y con los demás entonces establece acuerdos. Nunca hagas una promesa que no puedas cumplir, mejor di “no puedo o no lo voy a hacer por tal o cual razón”. Procura que tus razones sean legítimas y no meramente excusas para no hacer las cosas. Cumple con todos los acuerdos que llegues con esa persona. Respeta esos acuerdos y no los violes.

El próximo paso es, no seas quisquilloso en el trato con los demás ni te ofendas fácilmente por cualquier causa o pretexto. Busca ser más paciente y tolerante y no trates de cambiar a nadie.  Entonces procura entrar en amistad y en unidad con todas las personas con las cuales entras en contacto. Que ese sea tu norte siempre. Busca activamente conectarte con los demás. Ama a los demás por lo que son y no necesariamente por lo que hacen.

 

Porque en Espíritu y en Verdad todos estamos conectados a través del Cristo que mora en cada uno de nosotros.

La meta es amar al prójimo con amor divino; “Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿Cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?”

 

Tu progreso espiritual empieza aquí mismo donde estás, amando con amor divino a ti mismo, al compañero o compañera que tienes al lado, y a las personas a las que tienes a tu alrededor, y luego extiende tu amor a todo aquel que viene en contacto contigo hoy, mañana y todos los días venideros.

 

Entonces redescubre el potencial de amor divino que mora en ti, busca unificar y estar en armonía. Atrévete a dar el primer paso, perdónate a ti mismo, busca estar en paz, busca el momento adecuado para reconciliarte, sé sincero contigo mismo y con los demás, establece acuerdos que puedas cumplir, no seas quisquillosos y procura entrar en amistad y en unidad. 

 

Pienso que si pones en acción estos consejos habrás puesto en práctica el amor divino y podrás decir con autoridad “Yo amo a mis hermanos y por eso amo a Dios”.

 

Dios te bendice, hoy mañana y siempre.

 

¡Amén!