De tal manera amó Dios…

February 8, 2016

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” (Juan 3:16)

 

La mayoría de las personas que leen o escuchan esta cita de Juan creen y piensan que ésta hace referencia a Jesús. Y, ¿saben qué? Tienen toda la razón, porque Jesús fue la encarnación perfecta del Hijo de Dios. Nota que la palabra Hijo está escrita con h mayúscula.

 

Pero podrías refutar diciendo: Entonces, ¿es Jesús acaso el único Hijo de Dios? ¿No se nos ha enseñado que todos somos hijos de Dios? La contestación es que hasta ahora Jesús es el único Hijo de Dios (con H mayúscula) pero todos somos hijos de Dios (con h minúscula).

 

El ser Hijos de Dios con la H mayúscula es una estatura espiritual que alcanzamos, un derecho en consciencia y en presencia que nos ganamos cuando creemos en Cristo y hacemos las obras que Él desea realizar a través de cada uno de nosotros. 

 

Y el amor tiene mucho que ver en el progreso y proceso de alcanzar esta estatura espiritual, este derecho de llegar a ser el Hijo de Dios con H mayúscula.

 

Así como todos venimos del vientre materno, en espíritu y en verdad todos venimos de un mismo Padre Madre Dios. Por eso todos somos hijos de Dios con h minúscula.

 

Cristo es el verdadero y único Hijo de Dios, Cristo es la plenitud de Dios que vive corporalmente en cada uno de nosotros, pero de manera potencial. Es nuestro esplendor aprisionado que permanece inamovible, retenido indebidamente por causa de nuestra propia ignorancia acerca de nuestra verdadera naturaleza divina.

 

Cristo permanece encerrado en las entrañas de nuestro ser hasta que llega el día del gran descubrimiento. Volviendo a la cita en el Evangelio de Juan, lo más probable es que cuando Juan escribió estas palabras se estaba refiriendo a Jesús el Cristo. Su mente humana estaba pensando en Jesús el nazareno y las obras que Él, Jesús, realizó a través de Su ministerio.

 

Pero cuando Pedro le dijo a Jesús que Él (Jesús) era “el Cristo, el hijo del Dios viviente” el mismo Jesús estuvo de acuerdo. (Mateo 16: 16)  Pedro por revelación divina hizo el gran descubrimiento en Jesús acerca del Cristo. La fe de Pedro estaba en un proceso de desarrollo, teniendo los tropiezos que todos tenemos a medida que transitamos por el camino de la vida. Pedro eventualmente logró hacer sanaciones, así como Jesús, y en este sentido demostró el poder del Cristo morador.

 

La mente humana sigue desenvolviendo el misterio de la edades, Cristo en nosotros, y uno de los grandes místicos de la Edad Media, Meister Eckhart afirma que “Dios [solo] engendró un Hijo (con h mayúscula) pero que lo eterno está por siempre engendrando al único engendrado.” (DTPI p.24)

 

Ese “Hijo” es al que el Génesis se refiere como la creación del hombre espiritual, “hagamos al hombre a nuestra imagen…” Es uno solo y vive en cada uno de nosotros.  Tú y yo somos la manifestación física de ese hombre espiritual, Cristo, en cada uno de nosotros. Y porque Cristo, el unigénito de Dios vive en nosotros, hemos sido dotados con todas las facultades espirituales de Dios.

 

Al principio de este mensaje les decía que el amor tiene que ver mucho con el logro de esa estatura espiritual que alcanzamos cuando verdaderamente llegamos a ser Hijos (con H mayúscula) de Dios.  A medida que la mente humana sigue evolucionando y alcanzando cada vez mayor comprensión espiritual las palabras adquieren un significado más profundo. La cita de Juan 3:16 se está refiriendo al hecho de que Dios por amor nos ha dado el regalo de la vida eterna a cada uno de nosotros sin excepción de nadie.

 

La vida eterna es un regalo de amor que a Dios le place darnos. Todo lo que Dios pide a cambio es que creamos en Cristo, en esa parte de nosotros que es única y perfecta, que es engendrada directamente de Dios; y que estemos dispuestos a hacer las obras para que seamos merecedores de la gloria de Dios.

 

Y si Dios es amor, ciertamente para alcanzar esa estatura espiritual de Hijo de Dios (con h mayúscula) debemos estar dispuestos a expresar plenamente el amor de Dios.  ¿Es esto práctico o una utopía? ¿Es esto alcanzable para una persona como tú y yo, o es esto algo que solo Jesús puede hacer?  Si te preguntasen: ¿cuán frecuentemente expresas tu amor al prójimo; en una escala de 1 a 10, siendo 10 lo máximo, en dónde te sitúas?  Lo más probable es que te sitúes en medio de la escala lo cual implica que existen muchas oportunidades de desarrollo y crecimiento.

 

En nuestra parte humana el amor tiene muchas vertientes y entre ellas tenemos que escoger desarrollar aquellas que nos van ayudar a alcanzar un nuevo nivel de desarrollo espiritual.  El cariño, el afecto, la compasión, el amor al prójimo y el amor a tu pareja y seres queridos es fundamental.  Sin embargo, es necesario que desarrolles el amor por ti.

 

Hay una gran verdad y está plasmada en las Escrituras: después que Jesús fue bautizado por Juan en el río Jordán, “subió enseguida del agua,…y se oyó una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo (con h mayúscula) amado, en quien tengo complacencia.» (Mateo 3:16-17)

 

Es evidente que Jesús ya había alcanzado esa estatura espiritual de Hijo (con h mayúscula) pero de la misma manera que Dios ama a Jesús te ama a ti y a mí, porque el Hijo unigénito esta repetido infinitamente en toda la creación y especialmente en toda la familia humana. Está en ti y en mí es Cristo, tu esperanza de gloria.

 

No pienses ni por un instante que por tus errores o por tus fracasos Dios no te ama así como ama a Jesús, el Cristo. Dios se complace contigo, Dios se place cuando se expresa a través de ti, no importa lo que hayas sido Dios no ve lo malo sino lo bueno y el potencial crístico que mora en tu interior.

 

Puedes haber sido un déspota, tratando con dureza a todas las personas que de una manera u otra te servían; puedes haber sido indiferente con aquellos que buscaron tu ayuda y apoyo en algún momento de necesidad, puedes haber abusado físicamente de alguien y puedes haber abusado de la confianza de alguna persona cercana a ti; y aun habiendo sido todo eso y mucho más puedes estar seguro que en el momento que sientas misericordia por alguien y te acerques para ayudarlo, Dios se complacerá en ti.

 

El amor de Dios es muy grande para culparte por tus errores. Ese tipo de Dios lo vemos en el Antiguo Testamento, es el Dios del Ego, pero Jesús, el Maestro de Maestros nos enseñó que Dios es amor.  La verdad es que al final del día nosotros mismos terminamos culpándonos a nosotros mismos por los errores que hemos cometido. Y a nosotros nos toca perdonarnos a nosotros mismos y no errar más.        

 

Lo mejor y lo peor del caso es que sabemos dónde hemos fallado y está de nosotros corregirnos y no errar más. Y esto se consigue desarrollando amor interno, amor por nosotros mismos y amor por la divinidad que vive corporalmente en cada uno de nosotros.

 

Y el primer paso en esta dirección es perdonarnos a nosotros mismos y dejar de culparnos por el mismo error una y otra vez. Tenemos que admitir que cometimos un error y saber que hicimos lo que pudimos en ese momento, aun cuando sepamos que pudimos haber actuado de otra manera, tal vez de una manera superior, saber que sucumbimos al poder del ego en nosotros y aceptarlo como tal.

 

Y si para lograr amarnos más tenemos que ir personalmente a donde alguien y pedirle perdón, te digo que por todos los medios, lo hagas. Porque talvez esa persona no necesite de tu perdón pero tú sí lo necesitas por tu propio bienestar espiritual y por tu propio crecimiento personal.

 

Jesús conocía todo esto cuando dijo: “… reconcíliate rápidamente con tu adversario,” porque nuestro mayor adversario es aquel que vemos reflejado en el espejo del baño todas las mañanas cuando nos levantamos.

 

¿Es todo esto práctico? Claro que sí. Estas son cosas que podemos ir haciendo para desarrollar una consciencia de amor al prójimo y ciertamente de amor por nuestro prójimo más cercano que es el Cristo morador en cada uno de nosotros.

 

Pero volviendo a la cita que ampara este mensaje: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” (Juan 3:16)  Por amor a cada uno de nosotros Dios nos ha dado el regalo de la vida eterna. Tal vez en este momento esto no signifique nada para ti. Tal vez pienses que hay otras cosas más importantes en este momento de tu vida.  Sin embargo, nadie desea que se le muera un ser querido, de hecho nadie en sus cabales desea morirse.  Pero puedes estar seguro que tarde o temprano desearás disfrutar de vida eterna. No sé cuánto tiempo te tome, tal vez requiera vivir muchas vidas, para aquellos que crean en la reencarnación.

 

Pero de una cosa puedes estar seguro, y es que para trascender tienes que deshacerte del temor, y “en el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor.” (1 Juan 4:18) y el postrer enemigo que es la muerte deberá ser vencida con el poder transformador del amor.

Ama con verdadero amor. Usa como modelo a Jesús, a la Madre Teresa y algún otro personaje que de la talla; practica el amor al prójimo todos los días y te aseguro que serás transformado y el Cristo que mora en ti te levantará a la vida eterna. Comienza hoy mismo amando a esas personas que tienes a tu alrededor. Permite que tu amor fluya a través de ti a esas personas. Desata todo tipo de ataduras que puedan intervenir en este proceso y deja que la voluntad de Dios se haga a través de ti.

 

¿Es esto práctico, es esto algo que puedes lograr? Claro que sí, requiere que seas valiente; que te atrevas a amar sin miedo a ser rechazado.  Procura hacer tu parte amando y ayudando al prójimo que Dios se encargará de hacer la Suya a través de ti.  Pero trata siempre que lo que hagas sea lo mejor que puedas hacer. Y Dios te dará el regalo de la vida eterna.

 

Dios te bendice porque sabiendo estas cosas las haces.

 

¡Amén!

 

 

 

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