Mi pasado ya no me ata

“Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo… Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y fue movido a misericordia.” (Lucas15:18-20)

 

Esta cita bíblica es muy conocida pues es una porción de la parábola del hijo pródigo.

Y para aquellos que no la conocen, esta parábola relata la historia de un hombre que tenía dos hijos, y el menor de ellos le pidió a su padre que le diera la parte de la herencia que le correspondía. Y el padre le dio su parte.

 

Este hijo se fue a un lugar lejano y desperdició todos sus bienes “viviendo perdidamente.” Después de malgastarlo todo “vino una gran hambre en aquella provincia” y él pasó mucha hambre y necesidad; al punto que deseo comer la comida de los cerdos, pero nadie le daba comida.

 

Cuando uno pasa por situaciones extremas como la que estaba pasando el hijo pródigo, es una realidad que uno se siente en cautiverio, impotente porque no puede hacer nada para resolver la situación de carencia por la que se está pasando. Y es totalmente legítimo que ante una situación como esa te sientas encarcelado, privado de todo tipo de libertad y disfrute de la vida.

Y siendo esto así, esta parábola nos invita a reflexionar acerca del rol y la verdad acerca de nuestro padre-madre Dios.

 

Hoy estamos celebrando el día de los Padres en este país. Y hoy honramos la labor que los padres hacen en la familia; pues haciendo esto cumplimos con el quinto mandamiento que dice: “Honra a tu padre y a tu madre.” (Éxodo 20:12)

 

Las relaciones humanas son muy complicadas y Dios estando consciente de esta realidad nos ofreció principios de justa acción que dictan como debemos tratarnos los unos a los otros.  Aun así, el ser humano se ha maltratado a sí mismo, y los problemas de abuso intrafamiliar siguen afectando la familia y la sana convivencia en el hogar. Todavía continúa el maltrato a menores, y el maltrato a la mujer.

 

Muchos de nosotros cargamos toda la vida con recuerdos del pasado que nos traen mucha tristeza en el menor de los casos, pero también mucha amargura, y sentimientos de impotencia y condenación.

 

Incapaces de soltar estos sentimientos, los mantenemos como recuerdos vivos en nuestra memoria, y de tiempo en tiempo volvemos a recrearlos con toda su intensidad, viviendo y sintiendo una vez más lo que sentimos cuando sucedió por primera vez. Estos recuerdos nos mantienen atados al pasado, presos en un círculo vicioso.

 

Todos hemos sido abusados de alguna manera, esto es físicamente, verbalmente o psicológicamente, y todos hemos cometido errores en el pasado, errores que nos abochornan, y nos mantienen en cautiverio porque continuamos culpándonos a nosotros mismos por haber hecho lo que hicimos; y a otros por habernos hecho lo que nos hicieron.

 

Todo esto nos mantiene atados al pasado, incapaces de perdonarnos a nosotros mismos; y en el caso que hayamos sido la víctima, incapaces de perdonar al victimario que causo la desgracia y la experiencia triste. El hijo pródigo cometió muchos errores y pasó por experiencias muy tristes que lo hicieron sentir abandonado y desamparado. Y yo pregunto: ¿quién de nosotros no se ha sentido abandonado y desamparado en algún momento de su existencia?

 

 El hijo pródigo somos tú y yo, la historia del hijo pródigo es tu historia y la mía. Y no podemos seguir viviendo en un lugar lejano, esto es, en una consciencia de separación de Dios.

 

No importa cuántos pasajes bíblicos te aprendas de memoria, puedes recitar la Biblia de rabo a cabo, si tu pensamiento predominante se mantiene fuera de Dios, esto es, estrictamente en las cosas del mundo, estás viviendo como el hijo pródigo, en un lugar lejano.

 

El apóstol Pablo dice: “No todos moriremos, pero todos seremos transformados.” (1 Corintios 15:51) Y luego añade: “Transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento.”

 

 Y podrás haber leído esta cita bíblica miles de veces, podrás sabértela de memoria, si todavía sigues pensando y actuando como lo hacías hace veinte años atrás, recordando y maldiciendo experiencias del pasado, no solo estás en un lugar lejano sino que también estás resistiendo el impulso del Espíritu de Dios que mora en ti a expresarse cada vez más a través de ti. Y este es el pecado imperdonable; no porque Dios no lo perdone, sino porque para salir de ese callejón sin salida tienes que perdonarte a ti mismo. Pues nadie que no seas tú mismo puede perdonarte y liberarte.

 

Y en cierto sentido, esto fue lo que hizo el hijo pródigo, cuando dijo, “me levantaré e iré a mi padre” y se levantó y fue a su padre.  Cuando leemos esta parábola y buscamos su significado oculto, encontramos que no solo el hijo pródigo se arrepintió de haber vivido desordenadamente, y separado de su padre, sino que también se perdonó a sí mismo, pudiendo salir de ese círculo vicioso de auto-condenación para unirse nuevamente a su padre.

 

Y ¿quién es el Padre? Podrías contestar, “por supuesto, Dios”, y continuar pensando en un Dios lejano en donde tienes que viajar por el espacio a través de un sin número de mundos y galaxias. Podrías visualizarte haciendo un viaje espiritual hacia a este destino. Si sigues pensando así, sigues estando separado de Dios; porque en Espíritu y en Verdad Dios está más cerca que tu propia respiración, “pues en el vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser”.

 

La parábola del hijo pródigo es una representación o ilustración externa de una realidad espiritual interna. El camino que tenemos que andar es hacia las profundidades de nuestro ser y comenzamos a transitarlo a medida que separamos tiempo diariamente para la oración, la meditación y el silencio.

 

Y a medida que transitamos por el camino que nos señala el Cristo, nos liberamos del pasado y comenzamos a transformarnos de gloria en gloria. Nos convertimos literalmente en una nueva criatura.

 

Obsérvate a ti mismo, si sigues pensando y actuando como lo hacías en el pasado, estás viviendo en el pasado, estás preso en la cárcel de los recuerdos y de los viejos patrones de pensamiento. Tu actitud ante la vida sigue siendo la misma, y ahí no hay progreso, y si no hay progreso hay estancamiento y el estancamiento trae desintegración y la desintegración nos lleva a la muerte.

 

El hijo pródigo se dio cuenta de esto y por eso se levantó y fue a su padre. Nosotros tenemos que levantarnos y comenzar a andar en ese camino que nos conduce a nuestro interior, tenemos que comenzar a entrar en las profundidades de nuestro propio ser para unificarnos con nuestro propio Cristo morador.

 

El apóstol Pablo dice: “nosotros tenemos la mente de Cristo.” (1 Corintios 2:16) Esta afirmación no es excluyente, sino incluyente, esto es, nos incluye a todos nosotros sin excepción de persona alguna. Las Escrituras no deben ser interpretadas literalmente, porque interpretar las cosas literalmente es verlas superficialmente y cuando vivimos la vida superficialmente nunca llegamos a saber quién realmente somos.

 

Pero cuando llegamos a tener una comunión con el Cristo de nuestro ser, encontramos liberación del pasado, y gozo en el espíritu. Realmente el padre del hijo pródigo es el Cristo que mora en cada uno de nosotros. Observa que cuando el padre vio al hijo “fue movido a misericordia y corrió y se echó sobre su cuello y lo besó.” (Lucas 15:20)

 

Cuando comenzamos a andar por el camino de nuestra liberación los primeros pasos podrían parecer pesados y lentos; pues estamos rompiendo la inercia mental que nos ha mantenido cautiverio tantos años, y separados de Dios.

 

Pero a medida que continuamos andando el camino observaremos que el Padre que vive en nosotros se apresurará a encontrarnos a nosotros y a amarnos como su hijo amado en el que se complace; “corrió y se echó sobre su cuello y lo besó.”

 

Y esa es la gracia de Dios en acción, la gracia de Dios es el amor de Dios. No importa cuánto tiempo hayas estado viviendo en cautiverio, cuando te perdonas a ti mismo y te levantas y vas al Padre, te encuentras súbitamente con el amor de Dios abrazándote y envolviéndote. Y aquí hay gozo en el Señor, y donde hay gozo, hay fiesta y donde hay fiesta hay celebración, y donde hay celebración hay libertad. Querido amigo o amiga que me escuchas si sigues atado al pasado ya es tiempo que busques tu propia liberación. Y no hay liberación sin transformación.

 

El primer paso de tu propia liberación del pasado comienza con un cambio en la manera de ver la vida y especialmente en la manera de ver las personas que te rodean. Busca apreciar todo lo que tienes  a tu alrededor, porque ahí mismo donde estás tierra santa es y lluvia de bendiciones caen en ti cuando estás preparado para recibir.

 

El Espíritu de Dios está sobre ti, el Espíritu de Dios está en ti, y donde está el espíritu de Dios, hay libertad.

 

Entonces puedes afirmar con resolución: Mi pasado ya no me ata, porque el espíritu de Dios que mora en mí es libertad.

 

Dios te bendice porque sabiendo estas cosas las haces. ¡Amén!     

 

 

 

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