El Amor todo lo Transforma

December 4, 2017

”Pero Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores Jesús, el Cristo murió por nosotros…. De modo que si alguno está en Cristo nueva criatura es.”  (Romanos 5:8 parafraseado, 2Corintios 5:17)

 

El Dios que predicamos aquí, en nuestra comunidad espiritual, no es un Dios tirano ni vengativo con los pecadores. En el mejor de los casos podíamos decir que Dios ama al pecador tanto como al santo.

 

El amor de Dios es tan grande que no tiene límites, y por esta razón te diré que si Lucifer fuese una persona, Dios le amaría igual que ama a Jesús, el Cristo. ¿O es que acaso el Cristo de Dios está dividido en su amor? Su amor se vierte a todos por igual.

 

Todavía tenemos mucho que aprender acerca de la naturaleza del amor de Dios. Nosotros, los estudiantes de la Verdad, pasamos toda una vida estudiando, y aprendiendo acerca del amor de Dios. Buscamos practicar el amor divino que Jesús enseñó y demostró por cada uno de nosotros. Pero en la inmensa mayoría de los casos, lo hacemos de la boca para afuera y no en espíritu ni en verdad. Todavía no hemos dado la talla.

 

Lamentablemente no damos la talla porque en lugar de ser más permisivos con el prójimo nos hacemos más sensitivos. Por cualquier tontería nos enojamos y comenzamos a criticar, señalar y en el peor de los casos a maldecir.

 

He visto este tipo de conducta tanto en líderes religiosos como en seguidores y fieles adeptos a denominaciones religiosas. También lo he visto dentro de nuestro movimiento espiritual. Lo veo en todas partes.

 

Mis ojos han visto como una pequeña diferencia entre congregantes ha sido motivo más que suficiente para que uno de ellos deje de asistir a su congregación.

 

Y ni hablar de las parejas que después de haber asistido un largo período de tiempo, se separan y automáticamente la separación se hace extensiva a todos los ámbitos de sus vidas.

 

¿Cuántos divorcios no se han justificado por causa de “incompatibilidad de caracteres”? Yo me pregunto si ¿alguna vez hubo verdadero amor?, y cuando hablo de verdadero amor hablo de un amor incondicional.

 

Tal vez lo que hubo desde el principio fue un amor condicional porque dentro de nuestra humanidad esperamos que nos correspondan cuando amamos. Y saben ¿por qué? Porque todavía no hemos aprendido a amarnos a nosotros mismos. No hemos aprendido a amar al Cristo de nuestro interno ser. No hemos podido llenar el vacío dentro de nosotros porque si nos hubiésemos amado plenamente con amor divino, no necesitaríamos de nada ni de nadie, pues nuestra ‘copa estaría rebosándose’.

 

Por esto digo que todavía nos queda a cada uno de nosotros mucho camino que recorrer en el sendero del amor divino.

 

El apóstol Pablo nos exhorta de la siguiente manera: “Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros.” (Romanos 12:10)

 

Y esto tiene que empezar amando a tu prójimo más cercano que es el Cristo de tu ser. No sé si me hago entender, pero lo que quiero decir es que desde las inmensas profundidades de tu ser tiene que salir el flechazo de cupido a toda velocidad y penetrar tu alma y desde tu alma tiene que salir otro flechazo con toda velocidad hacia las inmensas profundidades de tu ser hasta penetrar el Cristo mismo que forma parte de ti; para que de esta manera se amen uno al otro. No que se enamoren, sino que se amen. Claro está, esto es un simbolismo, pero es representativo de una dinámica espiritual profunda.

 

Cuando logremos esto “se habrá perfeccionado el amor en nosotros” y no seremos los mismos de antes, habremos sido transformados porque “el amor todo lo transforma.”

 

Alguien podría preguntarse: ¿y que saco yo amando a quien no me ama? Muchas personas piensan que tienen mucho que perder si deciden amar incondicionalmente. Piensan que pueden perder su libertad, o convertirse en víctimas de un poder mayor, que perderían la capacidad de controlar su entorno, o que tendrían que estar dispuestos a despojarse de todo, o que se convertirían en un animal raro en medio de un zoológico. 

 

No te puedes olvidar que cuando el amor divino pasa a través del prisma de la consciencia humana toma muchos matices pero ninguno de ellos iguala en calidad y pureza a la fuente primaria de donde procede.

 

Si puedes entender esto, tienes las respuestas a todas tus interrogantes. Pues bien, no se trata de obtener un beneficio material o sensorial, sino se trata de expresar mayor dominio de ti mismo como instrumento del amor de Dios. Tampoco se trata de perder nada ni nadie sino de ganar el amor y la aceptación de toda persona con la cual haces contacto.

 

Jesús dijo: “Nadie tiene más amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos.” (Juan 15:13) Y tal vez digas: “Pero ese es un precio muy alto que pagar en aras del amor divino.” Pero no te preocupes ya eso lo hizo Jesús por todos nosotros.

 

Ocúpate en cambio de hacer lo que tienes que hacer en aras del amor divino ahí mismo donde estás con la gente que tienes a tu alrededor; que por algo están ahí y es para ayudarte a amar cada día más.

 

Entonces encontrarás el verdadero beneficio del amor incondicional, que es tu propia transformación en un ser más puro y diáfano.

 

Y en cuanto a libertad se refiere, puedes estar seguro de que no perderás ni un ápice de ella. Por el contrario te liberarás de la crítica, de la condenación, del murmurar, del enojo y la venganza.  

 

Y si piensas que si amas incondicionalmente te puedes convertir en una víctima sujetándote a un poder mayor, recuerda las palabras del Maestro: “Toda potestad se me ha dado en el cielo y en la tierra.” (Mateo 28:18 parafraseado)

 

Y ciertamente y con toda seguridad estarás sujeto a un poder mayor, al poder de Dios en ti, con poder para amar y perdonar incondicionalmente.

 

Y en cuanto a la capacidad de controlar tu entorno, lograrás un control mayor, el control de ti mismo y de tu propio destino. Y este poder te convertirá en dueño de tu vida, de tus pensamientos, sentimientos, palabras acciones y reacciones; ciertamente un animal raro dentro del zoológico de nuestra sociedad.

 

Mucho se ha hablado del amor divino y seguiremos hablando mucho más, ya que lograr amar incondicionalmente es alcanzar la perfección, y la marca de perfección la estableció Jesús el Cristo, a Él debemos seguir. 

 

Piensa por un momento, visualiza este mundo y a la humanidad amándose incondicionalmente, con el mismo amor con que nos ama Jesucristo… piensa en esto y visualiza a este planeta envuelto en esa consciencia de amor incondicional.

 

Te pregunto: ¿Habría paz duradera? ¿Existirían las fronteras? ¿Y las gestiones aduanales y los problemas de inmigración, se eliminarían? ¿Qué pasaría con la criminalidad? ¿Habrían asesinatos y robos? ¿Qué pasaría con el sistema carcelario? ¿Qué pasaría con el problema de la hambruna en el mundo? ¿Existirían los analfabetas?

 

El punto es que este planeta entero se transformaría literalmente en un “cielo nuevo y una tierra nueva” porque el amor todo lo transforma. Y no habría necesidad de estar pensando en un lugar lejano conceptualizado como la Nueva Jerusalén porque todo lo que te rodea se convertiría en parte de lo que es la Nueva Jerusalén, el Planeta entero sería la Nueva Jerusalén y tú un ciudadano de esa Nueva Jerusalén.

 

Espiritualmente hablando, la Nueva Jerusalén “está representada por una asociación de toda la gente que está en paz, basada en comprensión espiritual, pureza y la voluntad de estar unidos en Cristo.” (LPR p. 123)

 

Lo que quiero que comprendas es que el amor divino todo lo transforma, hemos visto a personas transformarse como resultado de comenzar amar más a amar incondicionalmente. Entonces, ¿qué nos impide amar incondicionalmente? ¿El miedo? ¿El temor a que todos conozcan nuestra vulnerabilidad?

 

Tal vez estas sean las razones principales del ego. Pero debemos aprender a desapegarnos personalmente, y por el contrario a unirnos más en Cristo. En la mayoría de los casos la gente ha invertido este proceso; viven apegados personalmente y desapegados en Cristo. Y el desapego con el Cristo comienza en ellos mismos. Existe un abismo entre la persona y su ser divino, el Cristo.    

 

Por esta razón les traje el simbolismo del flechazo de cupido. No para que nos enamoremos de nuestra personalidad, sino para amarnos íntegramente. Cuando el amor de Cristo reina en nosotros, y fluye a través de nosotros es todo suficiente y no busca apego alguno sino que busca el bienestar del objeto amado.

 

Si logramos hacer esto seremos una nueva criatura en Cristo. Y como dice Pablo: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; todas son hechas nuevas.” (2 Corintios 5:17)

 

Y ¿cuáles son esas cosas viejas? Nuestro presente estado de consciencia. Toda nuestra consciencia, o sea, la forma de nosotros pensar y actuar con respecto al amor, tiene que ser transformada.

 

Y en vez de estar pensando en lo que puedes perder, o en los riegos que conlleva este cambio, piensa en todo lo que puedes ganar y comienza a empujarte un paso a la vez en la dirección del amor divino.

 

Continúa día a día y sé tu propio testigo de tu propia transformación porque el amor divino todo lo transforma.

 

Meditemos…

 

Dios te bendice porque sabiendo estas cosas las haces.

 

Amén.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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