Servicio del Viernes Santo

March 30, 2018

Buenas tardes amigos y hermanos. Dios nos está bendiciendo a cada uno de nosotros grandemente.

 

La crucifixión de Jesús en el Calvario fue el último paso en una obra que había estado haciéndose en él durante treinta y tres años y cuando resucitó estaba enteramente libre de la mente carnal con todas sus limitaciones. Logró vencer todas las tendencias carnales que había tomado para liberar la raza de su esclavitud.

 

La palabra crucifixión significa cancelar en nuestra conciencia ciertos errores que se han vuelto estados mentales fijos, es el decreto por el maestro de la final extinción de la mente carnal, la entrega de la personalidad entera para que la mente de Cristo se exprese en toda su plenitud. Esto es lo que metafísicamente representa la crucifixión de Jesús.

 

El Calvario significa “el lugar de una calavera”. La mente carnal se ha apropiado el cerebro y su cráneo y es aquí donde se libra la batalla final. Cada vez que nos deshacemos de un error hay crucifixión.

 

Los tres días que Jesús estuvo en la tumba representan los tres pasos para vencer un  reto. Primero, no resistencia; segundo, tomar la actividad divina o recibir la voluntad de Dios; tercero, la asimilación y cumplimiento de la voluntad divina.

 

Afirmemos: Niego el yo personal para unirme al yo impersonal. Renuncio a lo mortal para lograr lo inmortal en mí.  Disuelvo el pensamiento del cuerpo físico para poder realizar el cuerpo espiritual.

 

En Isaías 42:1,6 encontramos las siguientes palabras: “«Este es mi siervo, yo lo sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento…Yo Jehová, te he llamado en justicia y te sostendré por la mano; te guardaré y te pondré por pacto al pueblo, por luz de las naciones...”.

 

Hoy es un día muy importante para toda la humanidad y especialmente para el mundo cristiano.

 

Estamos hoy reunidos para orar en recordación de Aquel, quien en un día como hoy hace más de dos mil años se enfrentó y se sobrepuso a todos los obstáculos que la vida le pueden presentar al ser humano en el plano mortal. Esta fue la prueba suprema de Su vida aquí en la tierra; el tiempo cuando El probó que el ser humano, teniendo fe en Dios, puede levantarse de todas las limitaciones terrenales para alcanzar la perfección espiritual.

 

Nosotros en Unity no pensamos ni vemos este día, el Viernes Santo, como un día de aflicción y pena. Tampoco intentamos detallar los horrores de la crucifixión, que era uno de los medios más crueles de llevar a los hombres a la muerte, ni entramos en el sufrimiento que Jesús experimentó en Su proceso de crucifixión.

 

El Viernes Santo es sin duda una ocasión muy solemne y sagrada. Vemos en este día una experiencia mediante la cual el alma pasa de la conciencia sensorial a la conciencia espiritual. Este proceso representa la eliminación de todo lo que es parte de la naturaleza no regenerada del ser humano, sus creencias falsas y sus emociones destructivas.

 

Jesús tomó Su lugar entre los hombres, revelándoles que “la luz verdadera que alumbra a todo hombre venía a este mundo” (Juan 1:9), pero ellos no comprendieron Sus palabras. En la cruz El le demostró a aquellos  “que le siguen” (1 Timoteo 5:24) cómo borrar los estados negativos de la mente que los mantienen limitados y cómo hablar la palabra que nos libera del cautiverio.     

 

“Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo, pero si muere, lleva mucho fruto.” (Juan 12:24) Esto es lo que significa la crucifixión para nosotros en Unity, la muerte de lo mortal para que lo espiritual pueda levantarse triunfante. En vez de meditar en el sufrimiento y la muerte de un hombre que amó a la humanidad, tomamos Sus palabras y las usamos para soltar y dejar ir aquellas creencias mortales que nos mantienen limitados.

 

Las palabras de Jesús desde la Cruz representan pasos que han de ser tomados en la redención de la conciencia humana. Por medio de Su vida en la tierra Él enseñó esos pasos y Sus palabras desde la Cruz revelan y resumen los estados de conciencia que deben lograrse en la liberación de nuestra propia alma.

 

El habló siete veces palabras que revelan Su emancipación final del cautiverio humano. El amor, que es poder resucitador, habló cuatro veces a través de Jesús; primero como perdón a los enemigos, luego como amor impersonal extendiendo misericordia y compasión a un extraño. El amor en su aspecto personal, protector y tierno, fue expresado en Su aprecio por Su madre, y finalmente Su amor por Dios estalló en confianza absoluta y entrega total.

 

Hoy es nuestra oportunidad de entrar en el proceso liberador que comienza con el perdón y finaliza con la entrega del alma a su Padre Dios.

 

Afirmemos: Por medio del Cristo en mí puedo y crucifico todo aquello que no me pertenece como hijo de Dios.

 

LA PRIMERA PALABRA

 

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

 

Ninguno de los Cuatro Evangelios registra todas las Siete Palabras de Jesús en la Cruz. Cada uno da al menos una de ellas, y los estudiantes de la Biblia las han puesto en orden secuencial, para así formar un patrón definido de desenvolvimiento espiritual. Jesús fue clavado en la Cruz a las nueve de la mañana y durante las primeras tres horas Él habló tres veces. Con Sus palabras Él cumplió con Su responsabilidad entera con el ser humano: primero, perdonando a aquellos que malévolamente Lo utilizaron; segundo, prometiendo misericordia a un malhechor arrepentido, y tercero, descargando Su responsabilidad para con Su madre.

 

La primera palabra fue “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” (Lucas 23:34)

 

Esto es perdón basado en comprensión. Una de las emociones más destructivas que nos mantienen en cautiverio es nuestra renuencia a perdonar a aquellos que nos han hecho daño. Todos nos encontramos con injusticias de tiempo en tiempo. Esto es inevitable, porque, estamos en constante asociación con personas en la conciencia mortal y un sentido de injusticia es una parte de esa conciencia. Nosotros mismos también hemos sido injustos. A veces mal interpretamos los motivos de una persona y lo condenamos cuando en realidad no se merece que lo condenemos; a veces al buscar nuestros propios fines pisoteamos los derechos de otros. A veces la situación se invierte, y nos sentimos oprimidos. Pero el Cristo perdona. No podemos perdonar desde la conciencia humana pero podemos levantarnos a un estado mental más elevado y permitir que el amor perdonador de Cristo se mueva a través de nosotros. Jesús se levantó por encima de la condenación en Su comprensión del por qué Él había sido escogido para ser perseguido por Su pueblo. Los judíos que gritaban “crucifícalo,” no sabían que estaban exigiendo la muerte del Mesías. Ellos consideraban que Jesús destruiría su religión y sería una amenaza a su haber político y económico. Ellos actuaron dentro de la ignorancia del egoísmo humano, y Jesús, que comprendió esto, oró  para que fueran perdonados.

 

En este momento perdonemos a todos aquellos por los cuales sentimos algún resentimiento. El perdón es uno de los primeros fundamentos de una conciencia de amor y es necesario en nuestro progreso o trayectoria espiritual. No podemos progresar con antagonismos en nuestro corazón hacia otras personas.

 

 

Afirmemos: El Cristo en mí perdona y olvida toda ofensa humana. Perdono libremente a medida que le pido a Dios que perdone mis propias ofensas.

 

LA SEGUNDA PALABRA

 

“Hoy estarás conmigo en el paraíso.”

 

Jesús fue crucificado entre dos malhechores – uno un ladrón – a quien el gobierno Romano había condenado a la muerte. Uno de ellos lo insultó diciéndole: - Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros.” (Lucas 23:39) El otro cuyo nombre era Dimas y quien pudo haber oído a Jesús en Su ministerio, declaró que ellos estaban siendo castigados por sus pecados pero que “este ningún mal hizo.” (Lucas 23:41) Volviéndose a Jesús le dijo: - Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” (Lucas 23:42).  A este pecador arrepentido Jesús le hizo la promesa: “Hoy estarás conmigo en el paraíso.” (Lucas 23:43)

 

Hay una gran verdad espiritual contenida en estas palabras. No importa lo que hayamos hecho o cuan lejos hayamos estado del ideal espiritual, cuando nos volvemos al Cristo la promesa de redención se hace. Esta es la gracia de Dios. En cualquier periodo de prueba que estemos pasando tomamos la actitud de uno de estos malhechores – esto es, condenamos y resistimos – o admitimos nuestros pecados y pedimos misericordia. Siempre es así; pero Dios es amor.

 

 

Afirmemos: En fe me vuelvo a Cristo y comprendo que este día soy uno con mi bien.

 

LA TERCERA PALABRA

 

“Mujer, he ahí tu hijo…He ahí tu madre.” (Juan 19:26-27)

 

Al pie de la Cruz estaba María, la madre de Jesús y Juan el discípulo a quien Él amaba. Jesús nunca permitió que la devoción humana lo desviara de la obra  que Él tenía que hacer. Ni tan siquiera a la tierna edad de doce años cuando les dijo a Sus padres: “En los negocios de mi Padre me es necesario estar.” (Lucas 2:49) Sin embargo, Él reconoció que el ser humano tenía obligaciones personales, y el cumplió con Su deber hacia Su madre poniéndola al cuidado de Juan. La tradición nos dice que María vivió con Juan el resto de su vida. Y hay quienes nos hacen reclamos justos de nuestro amor, nuestro cuidado y de nuestra protección y nosotros somos responsables por ellos. Algunas personas hacen de sus responsabilidades una esclavitud, otros las eluden. Jesús no hizo ninguno de los dos. Él había encontrado ese balance perfecto que debe gobernar todo tipo de relación humana, y en este tiempo Él nos recuerda que debemos considerar y hacer provisión para aquellos cuyo bienestar es nuestra responsabilidad.

 

Afirmemos:Padre, ayúdame a cumplir sabia y amorosamente toda justa obligación.

 

LA CUARTA PALABRA

 

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”

 

Desde la hora sexta hasta la hora novena, tres de la tarde, “Hubo tinieblas sobre toda la tierra” (Mateo 27:45). Por casi tres horas no se oyeron palabras desde la Cruz, entonces Jesús habló. Debemos recordar que la Crucifixión representa la eliminación de aquello que pertenece a la mente mortal, y Jesús nos demostró cómo hacerlo. Él es la expresión divina propiamente pasando por lo humano, y no podemos progresar sin redimir las creencias mortales. En la cuarta palabra Jesús dio expresión a la creencia falsa en la conciencia humana de que Dios nos ha desamparado. Él clamó a gran voz, diciendo: “«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?»” (Mateo 27:46).

 

El que Jesús haya dicho esto Lo hace estar muy cerca de nosotros. Su clamor expresa la angustia acumulada de la humanidad en el momento en que el alma se siente desamparada. El expresó esta creencia falsa y demostró a la humanidad como deshacerse de ella. “Nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” (Romanos 6:6).

 

Las palabras “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” son las palabras iniciales del Salmo 22. Este salmo ilustra la experiencia en una cruz:

 

          “Me ha cercado una banda de malignos;

            desgarraron mis manos y mis pies…

            Entre tanto, ellos me miran y me observan.      

            Repartieron entre sí mis vestidos

            y sobre mi ropa echaron suertes.

            Mas tú, Jehová, ¡no te alejes!

            Fortaleza mía, apresúrate a socorrerme!             (Salmo 22:16-19)

 

Aunque este salmo es un grito de angustia, es también un canto de alabanza, que nos eleva a la reconfortante comprensión de que:

 

          “En ti esperaron nuestros padres;

            esperaron y tú los libraste.

            Clamaron a ti y fueron librados;

            Confiaron en ti y no fueron

            avergonzados”.    (Salmo 22:4-5)

 

          “Anunciaré tu nombre a mis hermanos…

            Porque no menospreció ni rechazó el

            dolor del afligido;

            ni de él escondió su rostro,

            sino que cuando clamó a él, lo escuchó.      (Salmo 22:22-25)

              

Repitiendo las palabras iniciales del Salmo 22 fue como si Jesús tomara la conciencia humana y la levantara a la comprensión de la omnipresencia del amor.

 

Digamos en este momento la palabra que trae a nuestro recuerdo la verdad de que Dios está siempre con nosotros:

 

Afirmemos: "Padre, Tu amor me consuela y Tu todopoderoso poder salvador me fortalece en este momento”.

 

LA QUINTA PALABRA

 

“¡Tengo sed!”

 

La quinta palabra fue “¡Tengo sed!” (Juan 19:28) El único acto misericordioso mostrado a Jesús mientras estuvo en la cruz fue la esponja empapada en vinagre que un soldado romano le acercó a Sus labios.

 

El cuerpo debe ser liberado de su atadura a lo físico y ser reconocido por lo que realmente es, el templo del Dios viviente, sustentado por el agua viva del Espíritu.

 

Si la mente de Jesús moraba en las Escrituras, como suele indicar la cuarta palabra, el clamor, “¡Tengo sed!” puede haber sido una referencia al Salmo 143.

   

          “Extendí mis manos hacia ti,

            mi alma te anhela como la tierra

            sedienta.  (Salmo 143:6)

 

El resto de este salmo es un testimonio de fe en Dios.

 

Expresando el sufrimiento físico de la humanidad y levantándose sobre éste, Jesús libera a la humanidad del dolor físico. Aún cuando nuestro cuerpo clama “Tengo sed”, existe ahora en nosotros la realización de que podemos beber del agua viva y ser revividos.

 

Digamos la palabra para sanación:

 

Afirmemos: Bebo del agua viva del Espíritu y toda necesidad corporal es satisfecha.

 

LA SEXTA PALABRA

 

“¡Consumado es!”

 

Casi inmediatamente después de expresar las dos palabras precedentes Jesús levantó Su conciencia a altura espiritual cuando clamó, “¡Consumado es!” (Juan 19:30)

 

La obra de Dios ha sido completada. Vivimos hoy en ese universo perfecto que es la creación de la Mente Divina. Nada de lo que podamos decir o hacer cambia la verdad de que “en el vivimos, nos movemos y somos” (Hechos 17:28). No necesitamos luchar, o laboriosamente intentar establecer perfección; esto viene como resultado de nuestra comprensión de que Dios completó Su obra perfecta cuando nos hizo a Su propia imagen. Queda de nosotros contemplar Su creación terminada.

 

Afirmemos todos juntos: Dios me creó sano, puro y perfecto y Su trabajo está terminado. Alabo y doy gracias mientras contemplo Su perfección en mi mente, cuerpo y asuntos.  

 

LA SÉPTIMA PALABRA

 

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.”

 

Esta séptima y última palabra es la entrega total de Jesús a Su Padre-Dios: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.” (Lucas 23:46)

El objeto de nuestro adiestramiento espiritual es llegar a este punto en un estado de entrega total, encomendándonos a Sus manos. Cuando echamos a un lado nuestro ser mortal le damos la oportunidad a Dios para que se mueva en y a través de nosotros y el Padre nunca falla en hacer Su parte [en este proceso.] “menos de mí y más de Ti” es la fórmula correcta para resolver todos los problemas humanos.

 

A medida que damos este paso final de entregarnos a Dios; todo nuestro ser es rescatado, como si fuese, por el todopoderoso poder de Dios.

 

Afirmemos: Al cuidado de Dios entrego todo mi ser y todos mis asuntos. Descanso y permito que Su voluntad de bien se haga en mí. (Silencio; música suave.)

 

Meditación: Con esto, hemos concluido el proceso de crucifixión y cancelación y estamos listos para el poder resucitador del Espíritu Santo que lleva a cabo el milagro de transformar lo humano a lo divino.

 

 

 

 

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