Descubre el Secreto de la Salud

August 12, 2018

“Como el Padre levanta a los muertos y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida.”(Juan 5:21) 

 

Desde antes de Ponce De León muchos han buscado y escrito acerca de la fuente de la juventud, y han buscado el secreto de vivir para siempre.

 

No hay duda alguna que todos quisiéramos vivir eternamente en este cuerpo que tenemos sin tener que pasar por el proceso de envejecimiento ni de las vicisitudes asociados con este estado físico.

 

Tampoco hay duda alguna que todos quisiéramos ser sanos, y disfrutar los beneficios de un cuerpo saludable, que es energía física, movilidad, flexibilidad corporal, claridad mental, y el disfrute del arte del buen vivir.

 

He notado que cuando somos jóvenes no damos tanta importancia a la salud integral, pero a medida que vamos ganando terreno en los años apreciamos cada vez más el valor de un cuerpo saludable.

 

Y a medida que avanzamos en los días de nuestra existencia en este planeta, estamos más pendientes de atender nuestras dolencias y padecimientos físicos. Visitamos a nuestro médico tal vez con más frecuencia para dar seguimiento a nuestros tratamientos y obtener la receta de los medicamentos que tomamos de una manera habitual.   

 

Algunos logran entender que los alimentos que ingerimos tienen mucho que ver con el estado de nuestra salud física otros sencillamente hacen caso omiso, y siguen satisfaciendo el paladar con comidas chatarras. Los que han entendido la importancia de una buena alimentación son más diligentes y prudentes observando el tipo de alimentos que consumen.

 

Las Escrituras evidencian los beneficios de una buena dieta, especialmente una dieta vegetariana. El libro de Daniel, relata la historia de un joven judío que es llevado a Babilonia para ser “educado de manera especial con miras a prestar servicio en la corte del rey.”  A él y a sus amigos se le asignó una porción de la comida del rey. Él se negó y pidió de favor que le dieran agua y legumbres por 10 días, para que compararan su rostro con el de los otros muchachos que comían la comida del rey. “Y al cabo de los diez días el rostro de Daniel pareció mejor y más robusto que el de los otros muchachos que comía de la porción de la comida del rey.” (Daniel 1:15)  

 

Hasta ahora, la evidencia física no es suficiente para asegurar que existe un lugar donde encontramos la fuente de la juventud aunque de esto se viene hablando desde la antigüedad. También la evidencia hasta hoy demuestra que es un hecho que todos vamos a pasar por ese proceso que llamamos muerte.

 

Pero si hemos concebido la posibilidad de que exista un lugar donde podemos encontrar la eterna juventud, si hemos hablado de ella desde los tiempos de Heródoto, el gran historiador y geógrafo griego, entonces debe existir la posibilidad de que realmente haya un lugar en donde podamos encontrar la fuente de la eterna juventud. Pues como he dicho en diversas ocasiones, si lo puedes concebir, lo puedes conseguir.

 

Y también sabemos que el pecado no es otra cosa que un pensar erróneo, por eso cuando decimos que una persona vive en el pecado nos estamos refiriendo a que dicha persona vive dentro de una atmósfera mental de error.

 

Es un hecho comprobado científicamente que el tipo de pensamientos que sostenemos en nuestra mente es precursor del estado de salud predominante en nuestro cuerpo. Y también sabemos que toda acción es el resultado de un pensamiento sostenido en la mente.

 

Considera por ejemplo a la persona que comete suicidio. El suicida tuvo antes pensamientos de muerte. De alguna manera vio en la muerte la solución de todos sus problemas en la vida. Y por consiguiente procedió a efectuar el acto.

 

Pues de la misma manera que hay pensamientos de muerte, hay pensamientos de enfermedad. Y estos pensamientos de enfermedad sencillamente vienen como resultado de nuestra inhabilidad e incapacidad de expresar los atributos divinos que han sido incorporados en cada uno de nosotros tales como la vida, el amor, la inteligencia, la sabiduría, la fortaleza y otros.

 

Y esto se ilustra en la historia del paralítico de Betesda. Se relata que había en Jerusalén un estanque rodeado de una multitud de enfermos. Y un ángel descendía de tiempo en tiempo y agitaba el agua, y “el que primero que se metía en el estanque después del movimiento del agua quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviera.” (Juan 5:4,5)

 

Había allí un hombre que llevaba postrado en una camilla 38 años esperando que después que el ángel agitara el agua alguien lo cargara y lo metiera primero, antes que cualquier otra persona pudiera entrar. A éste paralítico Jesús le preguntó: “¿Quieres ser Sano?”

 

La respuesta del paralítico fue un tanto enigmática, pues en vez de decirle un rotundo: ‘—sí, quiero ser sano’, lo que hizo fue justificar su incapacidad de entrar primero al estanque. Respondió “no tengo quien me meta al estanque.” (Juan 5:7)

 

¿Cuántos de nosotros estamos todavía esperando que alguien nos sane, o alguien que nos cargue y se haga responsable de sanarnos?

 

Miren, no se dejen engañar.

 

Todos los días surgen productos anti-envejecimiento, productos que ‘supuestamente” regeneran órganos de nuestro cuerpo. Pero todos son de acción externa. Y nada externo va a lograr un efecto o cambio permanente. En el peor de los casos, si el producto es bueno nos podría convertir en usuarios habituales.  

 

Pero volviendo al relato del paralítico, Jesús le dijo: “—Levántate, toma tu camilla y anda.” (Juan 5:8) Y se relata que “Al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su camilla y anduvo.” (Juan 5:8)

 

Pero lo que no dice esta escritura es que cada uno de nosotros tiene su propio Cristo y que es Cristo el que tiene el poder de sanar. El potencial Crístico de Jesús, altamente desarrollado, le habló por boca del Nazareno al Cristo en el paralítico, despertándolo y levantándolo para llevar a cabo inmediatamente Su actividad sanadora en el paralítico.

 

Jesús pudo haberse sentado junto al enfermo, y prepararse para cargarlo en su camilla y lanzarlo primero en el estanque después que el ángel moviera las aguas del estanque. Pero no lo hizo, sencillamente le dio una orden de Cristo a Cristo la cual el enfermo ejecutó sin dudar.

 

Pero eso no terminó ahí; “Después Jesús lo halló en el templo y le dijo: —Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te suceda algo peor.” (Juan 5: 14)

 

Con estas palabras Jesús recalca que el pecado es la causa de la enfermedad. Es como si Jesús le hubiese dicho: Mira ya has sido limpiado y sanado. No sigas pensando como un incapacitado para que no te suceda algo peor.

 

De modo que cualquier condición de limitación que estemos demostrando es producto de nuestro erróneo pensar o mejor dicho del pecado en nuestra conciencia.

 

Ahora bien; ¿cuál es la clave para demostrar salud? Te vas a sorprender con la respuesta. La clave es una actitud mental positiva, unida a una fe inquebrantable de que en nosotros está el poder para vencer cualquier condición limitante.

 

Y escrito está que: “Asimismo lo que tu decretes se realizará, y sobre tus caminos resplandecerá la luz.” (Job 22:28)

 

Los estudiantes de la verdad saben que Cristo es el nombre del hombre espiritual que viven dentro de cada uno de nosotros. Cristo es el Hijo de Dios, y así “Como el Padre levanta a los muertos y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida.”

 

Pabló afirmó esto cuando dijo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.” (Filipenses 4:13) De modo que el secreto de la salud está escondido en Cristo. Y solo Cristo tiene el poder absoluto para sanar integralmente nuestro cuerpo. La sanación integral es precursora de la regeneración y la resurrección.

 

Entonces, ¿cómo puedo avivar el poder del Cristo en mí? Lo puedes avivar por medio de la palabra de fe. Con el paralítico de Bethesda Jesús demostró el poder sanador de la palabra dicha con autoridad y seguridad absoluta.

 

Y de esa misma manera tú puedes avivar el poder del Cristo que mora en ti. Recuerda, Cristo tiene el poder para sanar toda enfermedad. Entonces, ¿cómo comienzas? Comienzas hablándole a tu cuerpo.

 

Comienzas hablándole a tu cuerpo con una actitud mental positiva. Comienzas hablándole con fe. Háblale a tus células. Las células son centros de vida inteligentes. Y toda entidad inteligente tiene una consciencia. Tus palabras tienen que penetrar la consciencia de tus células para erradicar el pecado (error) que hay dentro de ellas.

 

Y el pecado es creer que son insuficientes e incapaces para producir y reproducir la plenitud de la vida espiritual y manifestarla en el cuerpo. Ese estado de conciencia celular tiene que ser transformado, renovado y purificado para que solo habite en el la Verdad que es salud y perfección.

 

Y tú lo puedes lograr, transformando la concepción que sostienes de tu propio cuerpo. Háblale a tu cuerpo, háblale a tus células. Diles: “eres un triunfo de perfección espiritual abriéndote camino en la materialidad.”

 

Pero si nunca le has hablado a tu cuerpo, comienza hoy mismo a hablarle en los términos más positivos que puedas encontrar, y no te olvides de pedirle perdón por haberlo subestimado.

 

Aquí está la clave, tienes que afirmar la Verdad pero tienes que envolver tus palabras con fe; pues cada palabra dicha con fe es espíritu y vida.

 

Cristo es la fuente de vida en cada uno de nosotros, y avivamos el cuerpo de Cristo con nuestras palabras. El cuerpo de Cristo no está sujeto a corrupción ni a ningún tipo de enfermedad. Cuando avivamos el cuerpo de Cristo avivamos su consciencia, pues escrito está todos “nosotros tenemos la mente de Cristo.” (1 Corintios 2:16)

 

La mente de Cristo está libre de pecado y por consiguiente el cuerpo de Cristo es un cuerpo sano, puro y perfecto. De Cristo emana toda la salud y vitalidad que necesitamos para nuestro cuerpo templo, la morada del Dios viviente en cada uno de nosotros.

 

Ninguna medicina te dará sanidad permanente, solo será temporera. Ninguna medicina tiene la capacidad de sanar permanentemente por el hecho de que esto solo se puede lograr transformando la conciencia de error que habita en cada célula. Y la conciencia de error o de pecado solo puede sanarla el Cristo que mora en ti; pues a Él y solo a Él se la ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra. Solo Cristo puede sanarte, renovarte, regenerarte y resucitarte.

 

¿Quieres ser sano? Entonces “aviva el don de Dios que hay en ti”. “Ese don es Cristo en ti, el potencial espiritual que todo lo puede.”

 

Entonces, comienza a decretar, a avivar la vida escondida en Cristo con una actitud positiva con una fe inquebrantable y a medida que levantas al Cristo que mora en ti comenzarás a ver los resultados en tu propio cuerpo.  Ese, queridos amigos, es el Secreto de la Salud.

 

Dios les bendice porque sabiendo estas cosas las hacen.

 

Meditemos… 

   

¡Amén!

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