Podrás Perdonar Dando Estos Pasos

February 11, 2019

“… porque tú, Señor, eres bueno y perdonador, y grande en misericordia para con todos los que te invocan.” (Salmo 86:5)

 

Hoy estaremos tratando con el tema del perdón, un tema que es de suma importancia en nuestro desenvolvimiento espiritual aquí en la tierra. El amor y el perdón son dos caras de una misma moneda. 

 

Y es imposible progresar si no estamos dispuestos a perdonar. Y si hablamos de progreso como fundamento de la prosperidad, no podemos ser verdaderamente prósperos si no perdonamos.

 

Hace muchos años cuando escribí el manual de Las Leyes Dinámicas de la Prosperidad, incluí el tema del perdón como un factor clave y esencial de la prosperidad.

 

Escribí que para alcanzar prosperidad en todas las fases de nuestra vida necesitamos libertad de movimiento y acción. Y el perdón nos ayuda a alcanzar esa libertad soltando todo tipo de atadura emocional contra algo o alguien.

 

De tiempo en tiempo vemos en las noticias, grupos de personas que están protestando por alguna condición. Nos presentan a un grupo de personas llevando pancartas, indicando los derechos que desean reivindicar con mensajes alusivos al tema de su protesta.

 

Por otro lado vemos a otro grupo protestando en contra de lo que defiende el primer grupo, y no pasa mucho tiempo cuando comienza una revuelta entre los dos grupos. La policía interviene, dispensa gases lacrimógenos y comienzan los arrestos.

 

Hay una gran acumulación de energía potencial negativa en ambos extremos y el colapso es el mecanismo para liberar esta energía acumulada, buscando un nuevo estado de equilibrio.

 

Cada vez que incurrimos en una ofensa tanto premeditada como inadvertida es necesario pedir perdón; y cada vez que nos ofenden premeditada o inadvertidamente es necesario perdonar.

 

Y es necesario ver el perdón desde estos dos extremos, en uno eres el ofensor y en el otro eres el ofendido. Para mí en ambos extremos hay pecado en el sentido de fallar en dar en el blanco; hay error.

 

En un extremo, nadie tiene el derecho de ofender a otra persona y en el extremo opuesto, nadie debe tomar ofensa venga de donde venga.

 

Tanta necesidad tiene de perdonar el ofensor como el ofendido. El ofensor tiene que perdonarse, perdonar su propia ofensa, su propio error y pedir perdón al ofendido. El ofendido debe perdonar al ofensor, sin tomar ofensa alguna. 

 

Detrás de todo acto de perdón debe haber amor al prójimo como amor a uno mismo.

 

Y el perdón así como la palabra que es “sale de [la] boca y no volverá vacía sino que hará lo que quieres [que haga] y será triunfante en aquello para lo cual la enviaste.” (Isaías 55:11 parafraseado)

 

Hay varias razones por las cuales nos sentimos ofendidos. La mayoría tienen que ver con el trato injusto y deshonesto que recibimos de otras personas utilizando malas palabras para referirse a nuestra persona, o han abusado de nuestros derechos humanos, o nos han maltratado o atacado físicamente  incluyendo ataques sexuales.

 

Examinemos la experiencia de Jesús en cuanto al abuso u ofensa. Antes de ser ejecutado, Jesús fue víctima de todo tipo de abusos. Abusaron sus derechos humanos al no permitir defenderse ante un tribunal, fue físicamente maltratado, le abofetearon, le escupieron en la cara, le dieron latigazos, hundieron en su cabeza una corona de espinas y finalmente lo crucificaron.

 

A la clara vemos que lo que se ejecutó fue un crimen en contra de Jesús tal vez el más bochornoso asesinato que posiblemente se haya producido públicamente contra persona alguna.

 

Pero te pregunto, ¿vio Jesús lo que le hicieron como un acto criminal en su contra? ¡De ninguna manera! ¿Tomó Jesús ofensa por lo que le hicieron?

 

Lo que se crucificó y quedó en la cruz fue el ego de Jesús.

 

Y la cruz tiene y debe convertirse eventualmente en un recordatorio eterno para toda la humanidad de que para trascender esta experiencia humana tenemos que crucificar nuestro ego, nuestra personalidad, porque en espíritu y en verdad somos mucho más que nuestra personalidad.

 

La enseñanza de Jesús fue muy clara. Tienes que trascender tu humanidad para alcanzar tu divinidad y para ver las cosas desde la más alta perspectiva, desde la perspectiva del amor incondicional.

 

Y aquí tenemos el primer paso: Mira la supuesta ofensa desde la más alta perspectiva, desde la perspectiva del amor incondicional. Puedes ver la ofensa como una oportunidad para perdonar.

 

Ahora te pregunto: ¿crees que puedes hacer esto?, ¿crees que puedes soltar el rencor, el deseo de venganza hacia esa persona? Sí, a esa persona en la que estás pensando ahora mismo, que llevas años sin resolver el conflicto porque todavía no has sido capaz de perdonarla o de entenderla.

 

Y no vayamos lejos, esa persona puede ser tu padre, tu madre, tu hermana o cualquier persona cercana a ti.

 

Muchas veces nos ocupamos por el bienestar de otras personas, pero no nos ocupamos de nuestro propio bienestar, y encontramos que nuestros pensamientos y sentimientos están en guerra contra tal o cual persona.

 

Todo esto trae una gran inquietud, ansiedad y tensión mental y corporal.  

 

Lo que nos trae al segundo paso: Busca la paz dentro de ti. Es importante y necesario encontrar paz en tu interior. En las Escrituras vemos que Jesús saludaba una y otra vez diciendo: “Paz a vosotros.” (Juan 20:21)

 

Y la paz se consigue en el Silencio y en la quietud. Ahí podrás apaciguar el fuego y los vientos huracanados de tus pensamientos y emociones alteradas, para entonces dar el tercer paso.

 

Ponte en la posición de la otra persona. Ponte en sus zapatos. Busca entender las razones de su comportamiento. Siempre habrá razones por las cuales nos comportamos de tal o cual manera. Aunque a veces hay razones que no queremos admitir ante los demás.

 

Y si en algo te has equivocado admite tu error siempre con un espíritu conciliador. “Ponte de acuerdo pronto con tu adversario.” (Mateo 5:25)

 

Hace muchos años trabajaba en una planta de manufactura y ensamblaje electrónico. Algunos de ustedes han escuchado esta historia anteriormente. La planta era un total desorden, piezas tiradas por todos lados, las herramientas y dispositivos para el ensamblaje estaban desorganizados y la limpieza dejaba mucho que desear.

 

Me reuní con mi jefe que era el Gerente de Planta, y que dicho sea de paso, era diferente a otros gerentes de Planta que había conocido en el sentido de que éste a menudo lo veía en las líneas de producción arreglando problemas con máquinas como si fuera un mecánico; y le informé acerca de mis observaciones.

 

Él me escuchó pero no hizo nada al respecto. Comencé a criticarlo y me enfurecí por su indiferencia. La planta continuaba sucia y desordenada. Sencillamente vi que a él no le importaba en lo más mínimo esa situación y esto me hizo sentir impotente lo que me trajo mucha frustración en mi trabajo. Me sentía aprisionado por mis propios pensamientos y resentimientos.

 

Continué laborando con una actitud de “bueno, que se va hacer, si el jefe no hace nada sigamos así.”

 

Pero un día noté que aun con la desorganización, el desorden y la falta de limpieza nuestra planta era una de las más productivas en toda la empresa. Diariamente se empacaban y se embarcaban cientos de sensores electrónicos y no recuerdo que hubieran devuelto alguno de ellos por mal ensamble, lo que significaba que aun con todo el desorden y la desorganización el trabajo se hacía bien.

 

Entonces entendí en la posición que estaba mi jefe, me puse en sus zapatos y entendí que su desempeño dependía tanto de las cantidades producidas como de la calidad del producto y no necesariamente de la organización y limpieza de la planta.

 

Cuando entendí esto cambié mi manera de pensar acerca de mi jefe. Entonces lo vi como un héroe superando todos los obstáculos y problemas que surgían en el proceso de producción para así poder empacar el producto en las cantidades esperadas y con la calidad que se requería.

 

Pude lograr ponerme en sus zapatos. Y mi actitud cambió y comencé a cooperar y a ayudarlo más. Y todo esto trajo un fluir de prosperidad a mi vida. Mi estado de ánimo mejoró. Y no pasó mucho tiempo cuando entonces me pusieron a cargo de otra planta de producción y ensamblaje electrónico.

 

Porque, queridos amigos, es muy fácil juzgar, criticar al otro, pero difícil es ponerte en sus zapatos y entender por qué esa persona se comporta así.

 

Pero hay más, pude ver en él un corazón servicial y amoroso. Y entendí que no solo él hacía eso para ser eficiente y productivo sino también por amor a sus trabajadores y operarias, si operarias, porque la mayoría eran mujeres las que trabajaban en las líneas de ensamblaje; muchas de ellas, madres solteras.

 

Todo aquel que ha estado en el área de manufactura sabe que si una planta no produce la cierran dejando en la calle a un número de personas desempleadas, y sé que él nunca quiso eso para sus trabajadores.  

 

Que hay todavía muchas cosas que tengo que perdonar, muchísimas, que hay todavía personas cuyo comportamiento no puedo explicar, claro que sí.

 

Pero hoy conociendo estas verdades espirituales soy más propenso a tolerar sin tomar ofensa, estoy más dispuesto a aceptar a las personas como son, con sus miedos y debilidades y estoy más dispuesto a amar incondicionalmente.  

 

Que todavía me queda mucho camino sin recorrer, absolutamente.

 

Pero en la medida que vivo el camino que me queda por delante trato de no olvidar estos tres principios:

 

a.  Mirar toda ofensa desde la más alta perspectiva, desde la perspectiva del amor incondicional.

b.   Buscar la paz diariamente y la armonía interior. Es necesario encontrar paz en nuestro interior.

c.   Tratar siempre de ponerme en la posición de la otra persona.

 

Y sobre todo, le pido a Dios que me ayude a seguir transformando mi corazón en un corazón amable y servicial.

 

Dios te bendice porque sabiendo estas cosas las haces.

 

Meditemos…

 

Amén.

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