La Entrada Triunfal: ¿A Dónde?

April 14, 2019

“Id a la aldea de enfrente, y al entrar en ella hallaréis un asno atado en el cual ningún hombre ha montado jamás.” (Lucas 19:30)

 

Las escrituras nos relatan que Jesús después de resucitar a Lázaro fue ungido en Betania y al día siguiente salió rumbo a Jerusalén.

 

“El siguiente día, grandes multitudes que habían ido a la fiesta, al oír que Jesús venía a Jerusalén, tomaron ramas de palmera y salieron a recibirlo y clamaban: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel!” (Juan 12:12-13)

 

La fiesta a la que hace referencia este versículo es la fiesta de la Pascua, una fiesta muy importante que conmemora el éxodo del pueblo de Israel de su cautiverio en Egipto.

 

“La palabra Hosanna es un vocablo arameo que significa «sálvame» o «concédeme la salvación». Pero aquí se utiliza como aclamación y alabanza a Dios.” (Juan 12:13; nota m)

 

“En la Pascua se mata el cordero pascual, tal como se hizo en el inicio del éxodo cuando su sangre fue rociada en las puertas de los israelitas. Cuando la muerte pasó por Egipto y el primogénito de cada casa murió, Dios salvó solo aquellos hogares cuyas puertas estaban cubiertas por la sangre.” (Biblia Cronológica Reina-Valera 1960)

 

En este momento histórico Jesús gozaba de máxima popularidad y entra a Jerusalén montando un humilde pollino. Sin embargo, sus enemigos, los principales sacerdotes y el Sanedrín, conspiraron para matarlo.

 

Históricamente la entrada a Jerusalén marca el inicio de la última semana del ministerio de Jesús, antes de su crucifixión y muerte.

 

Ahora bien, ¿qué importancia tiene este suceso para ti y para mí? La vida es una cadena de principios y finales. Cada eslabón representa el comienzo, el desarrollo y el final de una etapa de nuestra vida, que enlazado al próximo eslabón van formando y conectando una serie de etapas de vida en la trayectoria general de la cadena de la vida.

 

De manera que, vamos pasando de una etapa a otra dejando atrás lo que terminó para comenzar una nueva actividad produciéndose así una serie de nuevos acontecimientos y circunstancias.

 

Por ejemplo, recordamos cómo dejamos atrás nuestra vida de niño en la primaria y secundaria, para convertirnos en adolescentes. Recordamos cómo nuestra vida como estudiante universitario terminó y comenzó nuestra vida profesional.

 

O aquel que vivió en el campo y de la agricultura recuerda cómo un día decidió dar fin a esa etapa de su vida para venir a vivir y a trabajar en la ciudad.

 

En cada etapa de nuestras vidas dejamos el fruto de la misma. En algunos casos el fruto no es tan bueno, pero si vivimos la vida con consciencia, podemos usar las lecciones aprendidas para dar un mejor fruto en la próxima etapa, ¿no es así?

 

Personalmente les puedo hablar de algunas de las etapas de mi vida. Como estudiante universitario tuve mucho éxito, pues me gradué en menos tiempo de lo que tomaba la carrera oficialmente y con honores.

 

Terminada la etapa de estudiante, comencé mi vida profesional como ingeniero; y rápidamente me di cuenta que había cometido un error de juicio, pues había estudiado una carrera que no me apasionaba y decidí estudiar administración para subsanar el error. Dejé la práctica de la ingeniería, y me convertí en administrador.

 

Durante mi vida como administrador saqué mucho provecho de los conocimientos y experiencias que había adquirido como ingeniero; pero tampoco me llenó del todo la administración. Sin embargo, adquirí experiencia, experiencia que me fue útil cuando descubrí que mi pasión era la enseñanza.

 

Encontré que disfrutaba mucho enseñando a otros; hasta que me interesé en el conocimiento de la naturaleza de Dios y por esta razón estoy hoy en donde estoy, enseñando a otros, verdades y leyes espirituales universales.

 

Cada etapa ha dado un fruto que ha servido de base para el desenvolvimiento de la próxima etapa.

 

La juventud siempre ha pensado que van a vivir para siempre o por lo menos ven la muerte como un evento muy lejano en sus vidas; aunque saben que en algún momento van a dejar de existir físicamente.

 

Pero a medida que pasan los años vamos cambiando nuestro parecer y nos damos cuenta de cuan corta es la vida, especialmente cuando empiezan a morirse gente de nuestra edad.

 

Pablo se refiere a la muerte de la siguiente manera: “Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte.” (1 Corintios 15:26)

 

Pues bien, este domingo, marca el inicio de la última semana de la carrera ministerial de Jesús, que culminó con Su crucifixión y muerte en la Cruz a la tierna edad de 33 años.

 

La crucifixión de Jesús es un suceso histórico, y para lograr seguir a Jesús no tenemos que pasar por esa misma experiencia, pues todos aquí sabemos que eso fue lo que le tocó pasar a Jesús y Él ya lo hizo.

 

Sin embargo, todos tenemos que crucificar algo de y en nosotros, para salir victoriosos a una nueva resurrección y vida. Tenemos que crucificar alguna cualidad de nuestro carácter, o algún deseo carnal, o una adicción. Y en este sentido debemos crucificar el apetito carnal y sujetar al cuerpo para espiritualizarlo.

 

La consciencia mortal debe ser crucificada para que la consciencia crística en cada uno de nosotros pueda resucitar a una vida centrada en Cristo.

 

Y lo que fue la experiencia de Getsemaní para Jesús, una agonía que Lo llevó a la desintegración de Su “ego central en trillones de átomos, moléculas y células” de Su organismo físico, de manera parecida, el adicto o el alcohólico o el fornicario tiene que crucificar y desintegrar permanentemente de su organismo la tendencia o inclinación a su adicción o a hábitos negativos.

 

El que es adicto a la infidelidad, o a las pasiones desenfrenadas o la lujuria tendrá que crucificarlas, para así dejar morir el viejo hombre para hacer surgir en él una nueva criatura en Cristo.

 

Las Escrituras relatan que Jesús dio la orden de que le buscaran un asno para el montarlo. “Id a la aldea de enfrente, y al entrar en ella hallaréis un asno atado en el cual ningún hombre ha montado jamás; desatadlo y traedlo.” (Lucas 19:30)

 

Y luego continúa el relato de la siguiente manera: “Trajeron el pollino a Jesús, echaron sobre él sus mantos, y se sentó [Jesús] sobre él.” (Marcos 11:7)

 

Entonces partió rumbo a Jerusalén.

 

Para ti y para mí Jerusalén representa un centro de paz dentro de cada uno de nosotros al cual debemos llegar sentado sobre un pollino.

 

Dentro de ti y de mí hay un pollino que ningún hombre ha montado. Ese pollino es nuestra naturaleza animal, esa parte animal en cada uno de nosotros que tenemos que dominar. Tenemos que buscarlo y sentarnos sobre él. Lo dominamos permitiendo que el poder del Cristo en cada uno de nosotros se siente sobre él y siga el camino hacia la crucifixión de nuestra naturaleza animal.

 

En la cruz, Jesús se despojó de todo lo que le quedaba de Su consciencia mortal. Las Siete Palabras que pronunció Jesús en la cruz representan los pasos que tenemos que dar tú y yo para desprendernos de nuestra mente mortal, la mente de los sentidos.

 

Pablo habla de esto cuando le escribe a los colosenses las siguientes palabras: “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos, avaricia, que es idolatría.” (Colosenses 3:5)

 

Entonces, cada cual debe prepararse para realizar en su vida la entrada triunfal, pero ¿a dónde?, pues, hacia Jerusalén, montando nuestro propio pollino. La entrada triunfal es el camino que recorremos para llegar a ese centro de paz interior a través de la oración, la meditación y el silencio. A medida que vamos levantando y o resucitando la vida espiritual escondida (Jesús resucitó a Lázaro) nos preparamos para tener domino sobre nuestra naturaleza animal (o sea entramos a nuestra propia Jerusalén montando nuestro pollino).

 

Finalmente toda nuestra naturaleza humana se crucificará y el Cristo de nuestro ser surgirá en toda Su plenitud. A medida que vamos quemando las etapas de nuestra vida siempre habrá algo que tenemos que crucificar, algo morirá.

 

Charles Fillmore resume esto de la siguiente manera; “Jesús simboliza nuestra identidad con el YO SOY. Su ida a Jerusalén significa el último paso que damos en el desenvolvimiento preparatorio para el final, cuando la personalidad es enteramente crucificada y el Cristo triunfa.” (GCV p. 230)

 

¿Murió Cristo en la cruz? No. El que murió fue Jesús. Cristo nunca morirá porque es el unigénito de Dios, el único Hijo que vive eternamente en cada uno de nosotros y el que resucitó a Jesús el tercer día.

 

Y así como hizo con Jesús hará contigo y conmigo.

 

De manera que todos debemos encaminarnos hacia nuestra propia Jerusalén, para hacer nuestra entrada triunfal. ¿A dónde? Hacia nuestra propia vida eterna. Ese es nuestro destino divino.

 

Afirmemos todos juntos: “El Espíritu trascendental de Cristo está en mí y por eso siento paz, serenidad y confianza. “El espíritu del que levantó a Jesús vive en mí y soy hecho perfecto.”

 

Dios te bendice porque sabiendo estas cosas las haces.

 

Meditemos…

 

Amén.

 

 

Please reload

Destacados

Caminando por sendas de rectitud

October 8, 2018

1/10
Please reload

Recientes

August 12, 2019

Please reload