¿Te acusa tu conciencia?

 

23 de marzo del 2014

Centro de Cristianismo Práctico

¿Te acusa tu conciencia?

Por Rev. Roberto Sánchez

 

 

“Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, fueron saliendo uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los más jóvenes… ” (Juan 8:9)

 

Jesús volvió al Templo por la mañana y sentado les enseñaba al pueblo las grandes verdades espirituales según eran dictadas por su Padre. 

 

Los escribas y fariseos le trajeron una mujer y “le dijeron: – Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo del adulterio, y en la ley nos mandó Moisés a apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices?” (Juan 8:4)

 

En el mundo en que vivimos hay mucha insatisfacción, encontramos muchas personas que están insatisfechas con su propia vida e insatisfechos consigo mismo.

 

Piensan que no han alcanzado el nivel de vida al que ellos aspiran, los bienes materiales que desean o el bienestar que nos da  el gozo y el disfrute de lo que pudiésemos llamar, una “vida placentera”.

 

A menudo encuentro en los periódicos anuncios de nuevas viviendas y apartamentos a la venta en lugares exclusivos en donde se nos ofrece no solo una estructura de concreto sino todo aquello a lo que el ser humano aspira, como por ejemplo, una alta calidad de vida, seguridad, áreas de juego y entretenimiento, etc.

 

Muchos otros tratan de una manera u otra salir de ese estado de insatisfacción personal buscando actividades para saciar todo tipo de apetito.

 

Esto último pudiera haber sido el caso de la mujer adúltera a la que hace referencia la escritura, o el de cualquier hombre adúltero. Buscamos tanto satisfacción de nuestros deseos carnales como también lograr obtener nuestra herencia divina.

 

Encontramos muchas personas que tratan de encontrar en el consumo de las drogas la satisfacción que tanto buscan; o tal vez escapar de unas realidades en sus vidas.

 

En la vida encontramos que tenemos que pasar por períodos difíciles, hasta incómodos donde experimentamos todo tipo de estrecheces y las necesidades que padecemos podrían llevarnos a cometer ciertos actos tal como el del adulterio en este caso, buscando un escape a la situación que enfrentamos.

 

O tal vez podríamos entrar en actividades ilícitas bajo la promesa de que ganaremos todo el dinero del mundo y la vida será entonces buena y placentera.

 

Enfocados en nuestras insatisfacciones y necesidades comenzamos a envolvernos en actividades que van en contra  de la Ley Divina. Y e Incapaces de ver la vida desde una más alta perspectiva buscamos satisfacciones inmediatas y saciarnos de placeres como si estuviésemos llenando un vacío en nuestro interior, para luego, después de un corto tiempo volvernos a sentirnos igual que antes.

 

Sin embargo en la búsqueda de satisfacer nuestros apetitos existe un elemento que se pasa por alto muchas veces especialmente por aquellos que no están espiritualmente iluminados; pues si es cierto que cuando hablamos de apetitos nos referimos a los anhelos del ser humano de satisfacer sus deseos carnales, también es la sed que tiene el espíritu del hombre de lograr obtener su herencia divina. (LPR p. 14)

 

Desde esta nueva perspectiva, la historia de la mujer adúltera representa el alma insatisfecha buscando satisfacción espiritual por medios materiales. Esta es la historia del ser humano, que en este caso se representa como cometiendo adulterio, pero que puede ser con cualquier otro acto impuro.

 

 Los fariseos y los escribas trajeron a la mujer delante de Jesús para probarlo y “para tener de qué acusarlo.” (Juan 8:6) “Y como insistieron en preguntarle,… les dijo: – El que de vosotros esté libre de pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella.” (Juan 8:7)  

 

 Cada vez que vamos a lanzar alguna acusación o a iniciar una alguna acción contra alguien, debemos escuchar la voz de nuestra propia conciencia.

 

Pues la Ley Divina escrita está dentro de cada uno de nosotros y la voz del Cristo morador nos advierte que seamos prudentes y actuemos conforme  a la Ley Divina.

 

Cuando tenemos el conocimiento directo de la Ley Divina sabemos que no hay causas sin efectos, como tampoco pueden haber acciones sin reacciones, ni podemos acusar sin ser objeto de acusación.

 

¿Te acusa tu conciencia? Entonces da gracias porque el Cristo que mora en ti te está dando la oportunidad para que rectifiques tus acciones; y no vuelvas a cometer los errores del pasado. Esto es verdadero arrepentimiento.

 

La Voz de la Conciencia Universal, el Cristo de Dios, habló a los Fariseos y escribas y los calló a todos y a cada uno de ellos al punto que “acusados por su conciencia, fueron saliendo uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los más jóvenes solo quedando Jesús y la mujer que estaba en medio.” (Juan 8:9)

 

La conciencia acusadora es ese “estado mental que rehúsa a perdonar pecados pasados y nos mantiene en un estado de auto-condenación y remordimiento.”   

 

¿Quiénes son realmente los escribas y fariseos, de la historia de la mujer adúltera, en tu vida y en la mía? Los escribas son los pensamientos que nos llegan del mundo externo; y los fariseos son los pensamientos inflexibles que se adhieren a la letra y no al espíritu.

 

Para vencer ese estado de conciencia tenemos que reconciliarnos con nosotros mismos y este proceso de reconciliación comienza aceptándonos tal como somos, con todos nuestros errores y nuestras imperfecciones. Así comienza a establecerse en nosotros un clima de armonía y paz interna.

 

Debes estar vigilante, para que cada vez que surja la conciencia acusadora puedas decir “vete y no vengas más porque ni yo tampoco te condeno.”

 

Poco a poco a medida ejerzas en ti mismo la voluntad de cambiar y repitas estas palabras dejarás de condenarte a ti mismo. Luego comienza a cambiar tu manera de vivir no cometiendo los mismos errores del pasado. Esto es, arrepiéntete y no peques más.

 

Date una nueva oportunidad buscando las cosas de arriba y no las de abajo. Es importante saber que así como Dios nos ofrece un nuevo día cada día, tú debes ofrecerte una nueva oportunidad cada día.

 

Después de todo se trata de tu propia vida y de tu propio progreso espiritual. Busca la manera de establecer una conexión con el Cristo que mora en ti yendo regularmente al Silencio para que escuches la voz de tu conciencia.

 

En ese lugar sagrado dentro de ti podrás reconciliar las diferencias que existan entre tu conciencia humana y tu conciencia crística pues todos estamos llamados a lograr nuestra unidad con Dios.

 

Esto requiere que desarrolles una buena conciencia en donde ya no pueda haber cabida para una conciencia acusadora.

 

La exhortación dada en 1 de Pedro es la siguiente: “Tened buena conciencia, para que en los que murmuran de vosotros como malhechores, sean avergonzados los que calumnian vuestra buena conducta en Cristo. (1 Pedro 3:16)

 

Esto es, cambia tu conducta para que tus palabras y acciones sean agradables a Dios, pues “por sus frutos los conoceréis”. Nunca es tarde para cambiar nuestra conducta para con nosotros mismos y para Dios.

 

Pero el momento para cambiar siempre es ahora mismo ahí mismo donde estás.

 

Refrena el uso indebido de tu lengua y no acuses para que no seas acusado. Los fariseos y los escribas tenían malas intenciones con Jesús pero no pudieron logra sus propósitos en ese momento; pues no tenían nada de que acusar a Jesús.

 

Recuerda que la motivación principal de los fariseos y escribas no era acusar a la mujer adúltera era la de acusar a Jesús. Pero Jesús representa el Cristo. Y muchas veces nos auto-condenamos con el propósito de acusar al yo soy que vive en cada uno de nosotros.

 

Decimos yo no soy digno, yo no merezco, yo no soy capaz, yo soy un pobre diablo, yo no puedo. Este estado de conciencia es producto también de una conciencia acusadora que viene motivada a destruir el Cristo que mora en nosotros; pues los judíos buscaban razones para matar a Jesús.

 

 Y puedes pasar años siendo la víctima pero llegará ese día de la realización espiritual y de la comprensión espiritual donde cuando hable el Cristo de tu ser cada uno de esos pensamientos y recuerdos acusadores salgan uno a uno de tu conciencia incapaces de seguir condenándote más para que finalmente puedas escuchar la voz de tu buena conciencia diciendo” – Ni yo tampoco te condeno; vete y no peques más.” (Juan 8:11)

 

Cuando ocurra esto habrás visto con tus propios ojos la luz que alumbra dentro de ti y serás liberado totalmente de aquellos que por tanto tiempo te han mantenido en cautiverio.

 

Dios te bendice si sabiendo estas cosas las haces. Amen.